27 días …

Todo lo que nos rodea se mueve por azar, pura improvisación. Algunos dirán que el destino está escrito, pero si es así, creo que el autor del de la mayoría es Edgar Allan Poe.

Supongo que sabéis (algun@ habrá que no) que una semana tiene siete días, y que tres es menos de la mitad de siete, ¿verdad?. Pues las posibilidades de que una persona te salve la vida durante uno de esos tres días de cada siete es muy muy baja, casi irrisoria, y sin embargo, sucedió hace poco.

El viernes 5 de febrero mi padre sufrió una parada cardio-respitatoria, lo que conocemos como “un infarto”. Una serie de circunstancias propiciaron el terrible desenlace; sobrepeso, apnea del sueño y unas pastillas para dormir que debió recetar el mismísimo Satán. Un cocktail inhumano que inhabilitó la ingesta de oxígeno en su cerebro, acumuló dióxido de carbono y derivó en una disfunción del corazón, una putada de las que la vida te regala de vez en cuando.  Por suerte para él (y para su familia e hijos, entre ellos yo) ese día era uno de los tres en que la chica de la limpieza (cuyo nombre no revelaré pero podéis llamarla “ÁNGEL DE LA GUARDA”) se pasaba unas horas por su casa y dejaba todo aseado. Ese día no pudo trabajar, pero salvó la vida a mi padre. No creo conveniente especificar lo sucedido después pero el caso es que conseguimos que llegara al hospital, lo estabilizaron (no sin mucho esfuerzo) y le indujeron a un coma para minimizar daños. Nos dijeron que debíamos esperar 24 horas y luego comenzarían a “despertarlo”, no sin antes advertirnos que ese despertar era una incógnita, que podía no hacerlo o hacerlo de forma que no volvería a ser el mismo nunca más. Fueron las 24 horas más largas de mi vida.

Puro azar, pura improvisación. Mi padre se despertó, asustado, entubado, monitorizado y en un lugar diferente de su cama, de su casa. Pero con plenas facultades mentales y físicas. O sea, con todas las letras, UN PUTO MILAGRO.

Con el paso de los días fueron haciéndole pruebas de corazón, pulmón, neuronales, etc, y él colaboró en todo para averiguar y superar el problema. Su caso era algo “diferente” de modo que los médicos le dedicaron una atención especial, necesitaban averiguar como una persona no fumadora, con hábitos bastante saludables y una vida sencilla y tranquila había podido sufrir un episodio semejante.

Las visitas en la UCI están controladas y no era mucho el tiempo que disponíamos para verle. Estuvo tanto tiempo que vimos llegar y marcharse a otros pacientes y sus familias, otras historias escritas por Poe, mientras él continuaba allí sin poder moverse, sin televisión, literatura o una ventana por la que poder mirar. Días de estrés de los que te obligan a re-estructurar todo lo que te rodea. Cada visita un cable menos, un dato más controlado, un poco más de libertad.

Cuando la mejora fue sustancial lo cambiaron de planta y su situación cambió de un control milimétrico a uno básico. Continuó colaborando y dejándose examinar por los profesionales de diferentes especialidades médicas militarmente, sin quejarse.

Cuando faltaban todavía algunas pruebas para terminar y ya con una fecha aproximada de salida me dijo, “sólo quiero salir ahí fuera para ver el cielo”. Llevaba veinte días sin poder ver la luz del sol, sin apenas poder moverse, viendo a sus seres queridos en un horario limitado y compartiendo espacio con personas muy enfermas. Demasiado tiempo viviendo sin vida. Su vía de escape era una pequeña radio con la que pasaba varias horas enterándose de lo que pasaba fuera de su habitación. Mucha información, pocas cosas. Yo le informaba de lo que veía, de la inutilidad de “nuestros” políticos y su ausencia de compromiso por las personas que vivimos y trabajamos en esta tierra, de las tonterías egocéntricas de Cristiano Ronaldo y su némesis en el deporte y deportista, no, Messi no, Stephen Curry; del pánico que da ese señor llamado Donald Trump y todavía más sus seguidores, de la dieta mediterránea, de la sonrisa etrusca, del volumen de trabajo que no me deja pasar todo el tiempo que desearía con mi mujer y mi hijo, de mi suegra que es una mujer de acero, de cosas triviales …

Y llegó el último día, el número 27. Un día soleado, muy primaveral, muy valenciano. Salió caminando al brazo de mi hermana, miró al cielo, nueve quilos menos lo contemplaban, algo más enjuto, mucho más vital. Tras más de una docena de pruebas los médicos decidieron que no era necesaria ninguna intervención quirúrgica, sólo un aparatito para dormir mejor (y evitar las apneas) y un compromiso, cuidarse y vivir. Y no volver hasta los cien años, pero sólo de visita.

27 días que han trastocado mi vida, mi trabajo, mi entorno. Mi padre entró con un halo de vida al hospital, algunos quilos de más, ningún gobierno ni presidente, y salió con unos quilos de menos, nuevos hábitos, fuerzas renovadas y ningún gobierno ni presidente. Puro azar, pura improvisación. Que grande eres Poe!!.