Blog de diseño sin diseño

Cuentos, relatos y demás palabras sin sentido

Dunt dunt yyyy trasssss …

Dos botes (juegas en parquet), lanzas yyyyy … el balón se desliza suavemente por la red, dentro!!. Es curioso, para muchos es un deporte más: pelotita, gente que corre, salta y se persigue, un espacio delimitado por líneas pintadas en el suelo, dos tableros y un aro con una red enganchada a modo de pasadizo al Olimpo, pero para otros, para mi, es quizás la forma de expresión corporal, esfuerzo, creatividad y espectáculo más emocionante que conozco. Para simplificar, me encanta el baloncesto, soy un puñetero freaky que cada día mira los resultados, estadísticas y mejores jugadas de los gigantes de la NBA, que compara jugadores actuales con los de otras épocas, …, pero mi afición va un poquito más lejos …

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Cuando me tiro

Imagino que conocéis esa sensación en la que parece que llevas tanto tiempo acumulando estrés, tensión, problemas mal solucionados, peso, peso, peso, … , y no del qué se mide en kilos, en los hombros, el corazón, joder, peso en tu vida. Momentos en que el destino parece ponerte a prueba, sobrecarga tu día a día primero con pequeñas agujas y luego con minas imposibles de detectar hasta que ya estás encima, vamos, se pone en plan cabrón. Es entonces cuando cuentas los minutos que te quedan para cogerte unas vacaciones, unos días para recobrar el aliento, descansar y volver a la batalla; pero el destino no opina lo mismo que tú y decide invadir ese espacio que pretendías fuera para ti, continúa buscando nuevas fórmulas retorcidas que desmoronen tu psique, parece que allá donde mires hay un gremblin recién comido y mojado en agua después de las 12 de la noche, la desesperación te desespera, … pues bien, cuando llega ese momento, … cuando la atmósfera ejerce toda la gravedad del planeta sobre ti, … yo me tiro … a caminar. Si, lo típico. Supongo que a todas las personas les relaja tirarse, en general, tirarse, ya sea en paracaídas, por un puente, a la vecina, o cuatro pedos, tirarse. A mi me va tirarme a caminar, sin un destino, sin un reloj, simplemente caminar, escuchar y observar, y siempre por la montaña.
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Es lo que tiene el Rock

Ya sabes, llegas a un recinto, a veces limpio, casi siempre guarrete, en ocasiones hay cola pero la marea de camisetas negras se comporta con un civismo ejemplar. Susurros de pruebas de sonido desde el exterior, acordes cortos pero intensos, material a punto. El personal se mueve, avanzas; el chaval con el pantaca por debajo del tercer ojo y los Misfits estampados en su pecho te ha repartido un flyer, la organización trabaja desde la distancia y sabes que tampoco fallarás a la siguiente cita. Llegas a la puerta; el hermano gemelo de Hulk Hogan te coge la entrada y rompe delicadamente una esquinita, por tu belicosa mente la imagen del angelito barbudo que tienes a un palmo de tu cara partiéndole la cabeza a todas las almas que te rodean, ya estás dentro.

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Llegas a casa, te sientas en tu sofá … y buscas tu zombie

Pensadlo, esa sensación de desamparo que flota entre la polución de la ciudad cual espora maligna, la imagen retorcida de las personas que “nos gobiernan”, una atmósfera verdusca, enrarecida, apesta a muerto.

Seas empleado puteado o desempleado cabreado, nos dan por saco todos los días y cuando tienes un momento de paz, harmonía, sosiego … buscas un zombie. Es así, tal cual, lo que nos reconforta últimamente es ver pelis de zombies, series de zombies, leer libros de zombies, incluso manuales de supervivencia contra zombies!!. Si algún iluminado anunciara un Gran Hermano Zombie arrasaría, un Operación Triunfo en el que auténticas leyendas del pasado, o sea, músicos muertos, como Elvis, Michael Jackson (que ya lo tenía ensayado) o John Lennon compitieran con su descompuesta presencia intentando articular una cuerda vocal carcomida y llena de telarañas, … sería apoteósico.

A nadie se le escapa que las buenas historias escasean, los guionistas parecen estar en paradero mental desconocido, y, sin embargo, la clave es un zombie (pedazo de frase): una epidemia que vuelve rabiosas a las personas, una antigua leyenda ancestral que vuelve a la vida tras siglos de espera aletargada, un arma militar americana (siempre es americana) que se les va de las manos y vuelve a todas las personas seres grotescos, putrefactos, insaciablemente caníbales, … . Todo lo que tocan los muertos vivientes últimamente se convierte en éxito rotundo; el último en llegar, Guerra Mundial Z, una apocalíptica historia muy recomendable donde Brad Pitt (¡¡51 tacos!!, cabr….) trata de buscar la causa de una epidemia mundial que vuelve “acongojantemente violentos y hambrientos” a los humanos. Otra de esas pelis que te quitan el mono zombie y te dejan bien saciado/a.

Lo dicho, quien tiene un zombie, tiene un tesoro.

 

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