Dunt dunt yyyy trasssss …

Dos botes (juegas en parquet), lanzas yyyyy … el balón se desliza suavemente por la red, dentro!!. Es curioso, para muchos es un deporte más: pelotita, gente que corre, salta y se persigue, un espacio delimitado por líneas pintadas en el suelo, dos tableros y un aro con una red enganchada a modo de pasadizo al Olimpo, pero para otros, para mi, es quizás la forma de expresión corporal, esfuerzo, creatividad y espectáculo más emocionante que conozco. Para simplificar, me encanta el baloncesto, soy un puñetero freaky que cada día mira los resultados, estadísticas y mejores jugadas de los gigantes de la NBA, que compara jugadores actuales con los de otras épocas, …, pero mi afición va un poquito más lejos … .Supongo que todos tenemos historias y anécdotas bonitas de nuestra niñez, las mías siempre iban acompañadas de grandes dosis de imaginación; no se bien cómo pero tenía una facilidad enorme para crear y recrear otros mundos, jugar con mis figurillas y montarme unas películas que si las hubiera escrito tendría más de un guión muy divertido para una peli de ficción. Luego me dio por trasladar esas historias a papel en forma de dibujos y creé casi 100 personajes diferentes, todos ellos superhéroes supermegaguais con sus historias de superación y venganza. Imagino qué llegaría un punto en que mi obsesión con la ficción sería algo preocupante, ya que un buen día mi madre me dijo: “ven, juega conmigo, esto es baloncesto, es deporte y te sentará bien, será divertido”, y, sin saberlo, ese momento cambió mi vida para siempre.

Ella era una persona de esas que sabías siempre tenía la razón, y si no, se la dabas igual por la pasión que ponía en cada aspecto de su vida, en todo cuanto hacía se dejaba la piel. Enseñar a jugar a baloncesto a su hijo no fue una excepción. Primero las normas básicas, lo habitual, “mira esto se hace así, a ver, ahora intentarlo tú”, luego, cuando vio que no me costaba asimilarlo, introdujo un ingrediente más, el esfuerzo; era tan dura que incluso llegó a empujarme saltando hacia el aro desequilibrándome y mandándome a besar el suelo, ella era así, “si quieres conseguirlo entrégate al máximo, gánate cada punto”. El caso es que consiguió que ese deporte se calara en mis huesos hasta tal punto que, a día de hoy, sigue siendo algo así como una religión, mi otro sentido de la vida. Luego vino la fase “quierosaberlotodo” y empecé a documentarme mediante revistas, libros y vídeos, de la historia, conceptos, datos curiosos y, por supuesto, grandes jugadores de otros tiempos. Los primeros ídolos, esos Magic, Jordan y Bird que marcaron mi visión y perspectiva de lo que significa esforzarse y ser grande en algo que te gusta. Todo ello compaginado con mi práctica diaria, sesiones de tiro en el parque, jugadas mentales, esfuerzo, esfuerzo, esfuerzo…

Y bueno, en 36 años no he parado, de una u otra forma, de ver, oír y sentir el baloncesto. Como aficionado de mis Boston Celtics, como jugador en algunos equipillos, y, sobretodo, como espectador, porque por encima de todo, esto, el basket, la vida, es un gran espectáculo.

Sientes la textura del balón en tus manos, el sonido denso y envolvente sobre el parquet en cada bote, tus tobillos deben ser rápidos, no puedes dejar de mirar a tu alrededor porque todo lo que pase afectará a tu acción, sabes que sí saltas se abalanzarán sobre ti, de modo que debes hacerlo más alto, con más fuerza, y tienes que ser certero. Si entra todos lo celebran, tocas el cielo; si sale ya puedes correr y dejarte la piel porque aquí o ganas o pierdes, y nunca, nunca, dejas de esforzarte.

Sencillamente bota, dribla, dunt dunt yyyy trassss…