Es lo que tiene el Rock

Ya sabes, llegas a un recinto, a veces limpio, casi siempre guarrete, en ocasiones hay cola pero la marea de camisetas negras se comporta con un civismo ejemplar. Susurros de pruebas de sonido desde el exterior, acordes cortos pero intensos, material a punto. El personal se mueve, avanzas; el chaval con el pantaca por debajo del tercer ojo y los Misfits estampados en su pecho te ha repartido un flyer, la organización trabaja desde la distancia y sabes que tampoco fallarás a la siguiente cita. Llegas a la puerta; el hermano gemelo de Hulk Hogan te coge la entrada y rompe delicadamente una esquinita, por tu belicosa mente la imagen del angelito barbudo que tienes a un palmo de tu cara partiéndole la cabeza a todas las almas que te rodean, ya estás dentro.

Suenan clásicos, pero no en directo. Detectas la barra y en tu rostro se dibuja una sonrisa, gasolina rubia con espuma para no dejar de carburar en un buen rato. Cual pelotón militar dividimos tareas: vosotros inspeccionáis la zona y establecéis la base de operaciones, nosotros nos acercamos a la fuente de suministro líquido y hacemos acopio de víveres, y los demás, localizad el baño. La cosa empieza a carburar; litro fresquito en la mano, colegas guardando sitio en ubicación con excelente campo visual, lo que viene a ser un trabajo en equipo bien hecho. Pasas a la siguiente fase: inspección ocular. Enciendes tu radar “cuerninegro” y diferentes especies de la noche del metal aparecen a tu alrededor. Las personas que nunca han ido a un concierto de Rock se suelen sorprender de la variedad de etnias que se dan cita en uno; están los típicos “ángeles del infierno” sin camisa, chaleco negro roñoso y pantacas de cuero, suelen ser adultos (pero muy adultos) con barba canosa, tatuajes de los que imponen y una rubia 20 años menor a su lado, un clásico; luego están los “retoños del metal”, chavales con melenas eternas, casi siempre delgados, casi siempre buenrolleros, siempre de negro; están las “neogóticas del mal”, chicas a veces sexys y otras inhumanamente grotescas abarrotadas de tatus, pendientes y anillos de formas imposibles que parecen intentar entrar en “el club” por la puerta grande; no podemos olvidar a los “yotambiéntengoungrupoderock” que siempre van a intentar poner cara de mierda, criticar e intentar convencerte que el concierto de hoy jamás podrá igualar al conciertazo brutal de la muerte eterna que vieron hace 7 años cuando Dave Mustaine vomitó un “symphony of destruction” inigualable. Vamos, los típicos listillos. Por último, nos encontramos con los “freakys que siempre encajan”; llevan su camiseta de cualquier motivo molón, bien sea de Akira, Micky Mouse o Bart Simpson, a veces han oído la mitad de las canciones, otras ni una, y siempre, siempre, se lo pasan de piiiiiii madre. Un elenco de lo más curioso.

Cuando llevas un buen rato hablando con los colegas mientras el refrescante y espumoso sabor de tu litrona hace desplegar tus sentidos, el ambientador de maria (si, la que no lleva mayúscula) va perfumando cada esquina y el personal empieza a mostrar sus dotes mofetiles, un murmullo casi imperceptible hace que de repente todas las melenas se giren hacia el escenario. Conversaciones interrumpidas, silencio, pum pum pum … es tu corazón, pum pum pum … en tu pecho y en tu sien, pum pum pum … 5 colosos de negro en el escenario, batería, bajo, guitarra principal, guitarra segunda y vocalista, … es lo que has venido a ver, tu aliento se detiene, la vida se petrifica, el espectáculo va a comenzar, … y Guuuuaaaaaaaaaiiiiiiiiiinnnnnnnnnngggggg!!!, guitarra demoledora para meterte de lleno en la lección de virtuosismo musical, atronadora y cargada de energía; Trrrrrrrrrtrrrrrrrr, yaaaaaaaaaahhhhhh!!!, doble bombo y chorro de voz descomunal que te ponen la piel de gallina; es entonces cuando das gracias por no habértelo pensado y pagar la entrada, tren y hotel, cuando vuelves a pensar que hay pocos espectáculos audiovisuales tan grandes, ricos en matices y brutales, a la vez que exquisitos, como un concierto de rock. Tan duros como Slayer, tan míticos como los Maiden, tan grandes como Metallica, tan espectaculares como Slipknot, tan divertidos como los System, tan teatrales como Marilyn Manson, tan oscuros como los Cradle … Un buen concierto de rock es como una tormenta eléctrica, si estás bien situado puedes vivir una experiencia única de luz, sonido y absoluto espectáculo: el suelo retumba, tus extremidades vibran, los focos ciegan tu visión, los acordes perforan tus tímpanos que quedan extasiados por su complejidad, la marea humana descoyunta sus cuellos al mismo son, es … sobrecogedor.

Siempre que me entero de alguna gran banda que viene por España me digo, no, esta vez me viene mal, la entrada, el tren, el hotel, … y siempre recuerdo lo acertado de mi decisión a quince metros del escenario, con una birra en la mano y un puño alzado en forma de cuernos en la otra, es lo que tiene el rock.