La Lámpara y la Herradura

No había niebla, ninguna aureola de misterio envolvente, era un día como otro cualquiera, soleado y con esa brisa mediterránea fresquita que parece empapar tu cara de mar; el chico, de unos 14 años, había bajado a dar un paseo por el barrio, ver si habían recibido algunos CD’s nuevos en la tienda, echar un vistazo a los cómics de la otra tienda y comprobar si estaba disponible la película que quería alquilar en el Blockbuster (sí, a principios de lo 90 todavía existía; sí, se compraban CD’s habitualmente y sí, los cómics; bueno, eso sigue igual que ahora). Tras comprobar que todo estaba en orden, sin novedad en todo el recorrido “cultural”, iba paso a paso ensimismado en sus pensamientos cuando llegó a su calle, por entonces concurrida por peatones que hacían vida social en la misma, visitaban las tiendas “típicas de barrio”, cuchicheaban con los vecinos y se comportaban como si la calzada fuera una extensión de su casa. Era otro ambiente. Como buen chaval repleto de hobbies que hoy tacharíamos de freakys pero que por entonces no recibía ningún sustantivo definitorio, hacía esa misma vuelta varias veces a la semana, comprobando, examinando y comparando todo el material de música, cine, literatura y cómics que caía en sus manos. Solía ser la misma ruta, mirando los mismos escaparates, viendo a la misma gente hablando de lo mismo, y nada de todo aquello le llamaba especialmente la atención. Lo cotidiano llega a ser anodino, y lo anodino termina siendo invisible. Cuando no quedarían más de cien metros para llegar al portal de su casa pasó por una vieja tienda de lámparas que parecía llevar toda la eternidad allí. No era una tienda de iluminación tal como la conocemos hoy en día, su aspecto por fuera, con la fachada blanca y el marco del escaparate de tejas barnizadas le daba un aspecto “rústico”, y el tipo de lámpara que vendían eran en su mayoría de forja y cristal. Era una tienda de esas que pasa desapercibida aún sabiendo que lo que venden no es lo típico, quizás porque nunca entraba nadie, porque era algo oscura y el dueño no solía salir, quizás sólo era la percepción que tenía el joven de ese local. El caso es que justo cuando pasaba por delante, el dueño de la tienda, un señor muy mayor, delgado, más bien bajito, le llamó con cierta urgencia:

– ¡¡Perdone joven!!, ¿sería tan amable de ayudarme?

El chico, desconfiado hasta de su sombra, le miró, sopesó cualquier posibilidad de que algo “violento” pudiera suceder y se mantuvo alerta.

– Por supuesto, ¿que necesita?.

– Necesito subir una lámpara y no llego, debo colgarla en el techo pero soy demasiado mayor, ¿puedes pasar y ayudarme? – dijo el señor.

Caution caution!!. Mmmm … ¿entrar dentro de tienda?, ¿subir lampara?, ¡¡maaaaaaala idea!!, pensó el chico. Igual había visto demasiadas películas pero a veces las historias de “viejecito amable engatusa a joven ignorante y cuando se da la espalda le mete con un garrote, lo deja inconsciente, se lo lleva al cuarto trastero, le peta el c…, lo descuartiza y se lo come poco a poco sin necesidad de ir a la sección de carne del Mercadona en una larga temporada” pasan en los lugares más cercanos e insospechados, de modo que activó el “Modo Ninja” en su cabeza y decidió entrar con cautela.

– Tengo un poco de prisa, pero le ayudaré, dígame cual es la lámpara.

Entró …

La tienda por dentro era poco menos que curiosa, llena de grandes lámparas colgadas del techo, con una especie de arco de ladrillo del mismo color de la fachada que dividía el local en dos espacios. Algo oscura, pero no daba aspecto de envejecida, todo lo que había parecía tener mucho tiempo pero a la vez estar muy bien conservado. Prácticamente todos los modelos eran en forja negra, algunos sencillos, otros grandes y opulentos, unos de aspecto árabe y otros parecían sacados de un castillo medieval, en general eran todos muy bonitos.

– Muchas gracias joven, es esta lámpara – indicó una que no destacaba demasiado del resto. – Yo soy muy mayor y no llego, además para subirla es necesario subirse a esta silla, si no tampoco podrás tú.

Estooo …, nota mental, ¿¿¿y cómo cojones había subido el resto de las casi cien lámparas que había colgadas del techo???, ¿¿sería un asesino en serie de fuerza hercúlea disfrazado de inocente viejecito??, que mal rollooooo … En fin, “Modo Ninja”.

– No se preocupe. – Que para preocupado ya estaba él. Puta mente enferma, putas películas malrolleras.

Cuando la cogió se dio cuenta de que el hombre nunca podría haberla subido, casi no la hubiera ni levantado, pesaba mucho, se notaba que era buena, con un cristal grueso pero a la vez muy delicado. Sostuvo la lámpara con las dos manos, subió a la silla y colgó el último eslabón de una cadena que la sujetaba del gancho que colgaba en una viga de madera en el techo. Por un instante estuvo de espaldas al hombre, (caution, caution!!) pero no pasó nada. Bajó de la silla y en ese descenso se esfumó cualquier posible tensión infundada. Parecía exactamente lo que era, un señor mayor, enjuto y de voz temblorosa que necesitaba ayuda.

– Ya la tiene.

El hombre, que había presenciado la acción estaba quieto mirando al joven.

– Muchas gracias, muy agradecido.

– De nada, pesaba un poco, con razón no podía con ella.

Y se dispuso a marcharse.

– Espera chico, verás, estoy muy agradecido, no me conoces de nada y sin embargo has entrado y me has ayudado.

– No hay de qué, no era para tanto – contestó el muchacho.

– Aún así, me siento agradecido, y quiero obsequiarte con algo …

Se marchó un momento al interior de la tienda, el chico se quedó esperando, no necesitaba nada a cambio y tenía cierta prisa. En menos de un minuto volvió.

– Esto es para ti joven. Es una herradura de la suerte, cuatro estrellas en una lateral, tres en el otro, siete, no la pierdas nunca. No te fallará. – dijo con su voz temblorosa pero llena de energía y una sonrisa sincera en su cara .

– Pues …, ¡¡muchas gracias!!. De verdad, procuraré no perderla.

Y se despidieron.

El joven continuó su camino con la herradura en la mano, sonriendo, pensando en que su paseo al final había resultado más curioso de lo que esperaba. Al llegar a casa se lo comentó a su familia. Conocían el local, pero ni su padre, ni su madre, ni su hermana habían visto nunca al dueño de la tienda así que les resultó bastante curioso.

Al día siguiente pasó de nuevo por delante de la tienda de camino hacia su ruta “cultural” en busca de novedades. Como de costumbre estaba abierta pero nadie entraba ni salía, y no vio al dueño. Nada extraño. Durante esa misma semana pasó un par de veces más con idéntico resultado. La herradura estaba a buen recaudo en una caja de metal que guardaba en su armario, no quería perder un objeto obtenido de forma tan original.

A la semana siguiente salió de casa, enfiló por su calle en la misma dirección y se dispuso a buscar nuevos elementos para su colección (que malo era tener hobbies y no tener dinero; vamos, como ahora), y al pasar por delante de la tienda de lámparas … no estaba, no había nada, cerrada, pero no cerrada en plan “nos hemos trasladado”, era más bien, “aquí nunca ha habido nada, ¡¡tú la flipas chavaaaaal!!”. Se paró en seco, realmente sorprendido. Estamos hablando de principios de los 90 en España, por entonces, NO HABÍA CRISIS, los negocios, por minoritarios que fueran, ¡¡funcionaban!!. Vamos, que era bastante raro. De modo que en lugar de continuar dio media vuelta, necesitaba contárselo a su familia, era tan extraño que no se atrevía a asegurar si alguna vez había visto esa tienda. Su padre, persona cabal y razonable donde las hayan, le dijo que esa mañana él también había pasado por ahí y estaba cerrado, pero el día anterior la había visto abierta por la tarde-noche, … vamos, que sí era extraño. Comprobó si la herradura estaba en su sitio o se lo habría imaginado, … pero sí, estaba, era real, negra, fría, cabía en la palma de la mano, siete estrellas, no era un sueño.

Nunca más se abrió ningún tipo de local en ese espacio, ni entonces, ni ahora. Supongo que es muy atrevido pensar que quizás el joven fue la última persona que vio ese espacio, … a saber, nunca entraba nadie, y nadie vio como ni cuando el dueño, la tienda y las lámparas se esfumaron.

La herradura estuvo mucho tiempo en la caja de metal, más tarde en una cartera de piel y de nuevo en la caja, estuvo por mi cuarto hasta que un día no la encontré. Aún así se que está ahí. Siempre he pensado que algún día pasaré por delante de esa tienda y estará abierta, con todas esas lamparas de forja colgadas del techo, un espacio atemporal que no parecía tener cabida hace más de 20 años, y mucho menos ahora. Si eso pasara me gustaría entrar y devolverle la herradura, quizás así no desaparecería, quizás podría seguir siendo testigo del paso del tiempo sin necesidad de que entrara nadie. Sería como volver atrás y recuperar muchas cosas que se perdieron.

Lo cotidiano llega a ser anodino, y lo anodino termina siendo invisible.

Supongo que todavía queda tiempo para encontrar la herradura, aunque se que la suerte nunca me ha abandonado.