Cuando me tiro

Imagino que conocéis esa sensación en la que parece que llevas tanto tiempo acumulando estrés, tensión, problemas mal solucionados, peso, peso, peso, … , y no del qué se mide en kilos, en los hombros, el corazón, joder, peso en tu vida. Momentos en que el destino parece ponerte a prueba, sobrecarga tu día a día primero con pequeñas agujas y luego con minas imposibles de detectar hasta que ya estás encima, vamos, se pone en plan cabrón. Es entonces cuando cuentas los minutos que te quedan para cogerte unas vacaciones, unos días para recobrar el aliento, descansar y volver a la batalla; pero el destino no opina lo mismo que tú y decide invadir ese espacio que pretendías fuera para ti, continúa buscando nuevas fórmulas retorcidas que desmoronen tu psique, parece que allá donde mires hay un gremblin recién comido y mojado en agua después de las 12 de la noche, la desesperación te desespera, … pues bien, cuando llega ese momento, … cuando la atmósfera ejerce toda la gravedad del planeta sobre ti, … yo me tiro … a caminar. Si, lo típico. Supongo que a todas las personas les relaja tirarse, en general, tirarse, ya sea en paracaídas, por un puente, a la vecina, o cuatro pedos, tirarse. A mi me va tirarme a caminar, sin un destino, sin un reloj, simplemente caminar, escuchar y observar, y siempre por la montaña.

No tengo la suerte de vivir en un entorno de ensueño rodeado de verdes y frondosos bosques, no hay riachuelos de agua fresca que bañan rincones encantados, ni mariposas de grandes alas e interminables colores que se posan sobre exuberantes flores, no, y, por supuesto, ni de coña hay animales exóticos que conviven en harmonía a mi alrededor, seguro que Disney no se inspiró en mi entorno. De todo eso ni flowers, pero la verdad, no lo necesito. Conozco muchos caminos por los que perderme durante horas; caminos sencillos, con su estampa mediterránea, bajos arbustos, pinos, algarrobos, higueras, romero, piedras de rodeno, alguna que otra ardilla, vamos, un paraje nada espectacular, pero lleno de historia, de restos íberos, musulmanes y otras civilizaciones que han pasado y pisado el mismo suelo. Lleno de vida. En primavera los pájaros y en verano las chicharras se dejan sus pulmones, el resto del año son caminos donde el crujir de tus pasos, el crepitar de las ramas y el suave aullido del viento son todo cuanto puedes escuchar, y digo bien, escuchar, ya que cuando tus pies avanzan solitarios por la montaña aprendes a dejar de oír y escuchar más, a mirar menos tu ombligo y observar más todo cuanto te rodea, a apreciar el silencio y aprender de todo cuanto te dice.
Si alguna vez una senda os ha llevado lejos, hasta perder la noción del tiempo, os habéis sentado en una roca junto a la cima de una montaña donde la vista alcanzaba vastas extensiones de verde, ocre y azul al horizonte, … expirad profundamente, cerrad los ojos, liberad vuestra mente y escuchad a la montaña; escuchadla, porque nunca tantos sonidos provocan tal cantidad de silencio, y tanto silencio llena de tanta armonía.
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Cuando la vida pesa, cuando chirría, busco el silencio, es cuando me tiro … a caminar.